lunes, 5 de abril de 2010

El cerebro espiritual: neuronas divinas en la corteza parietal



- Texto escrito por Victoria Puig,
neurocientífica e investigadora del Picower Institute (MIT) -


El pasado septiembre asistí en Tarragona al Congreso de la Sociedad Española de Neurociencia (SENC). La SENC se celebra cada dos años en alguna ciudad española y reúne a gran parte de los neurocientíficos del país. Asistí a charlas muy interesantes, desde luego, pero la que más me impresionó fue la conferencia del Dr. Adolf Tobeña, que se titulaba ‘Cerebro religioso, cerebro ateo’. Reconozco que fui por el morbo de saber qué iba a explicar un catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Barcelona sobre el cerebro y la religión en un auditorio inmenso lleno de neurocientíficos. En la charla, el Dr. Tobeña presentó trabajos de un campo de la Neurociencia dedicada al estudio de cómo el cerebro vive la religiosidad y la espiritualidad.


Me olvidé del tema hasta hace pocas semanas, cuando apareció publicado en una de las mejores revistas de Neurociencia un estudio en el que investigadores italianos identifican a una zona muy concreta de la corteza cerebral como la responsable del nivel de religiosidad.


Este trabajo ha generado polémica y ha llamado la atención de los medios de comunicación. Pero no es el primero de este tipo. Por ejemplo, en 2006 se publicó un trabajo en el que investigadores canadienses analizaron el cerebro de 15 monjas carmelitas durante una vivencia de ‘unión con Dios’ dentro de un equipo de resonancia magnética funcional. Los episodios ‘místicos’ estaban intercalados por episodios ‘control’: minutos de reposo con los ojos cerrados, o momentos en los que tenían que evocar el sentimiento de compenetración con una persona muy querida. Las monjas describieron sus experiencias de ‘unión con Dios’ como atemporales, de plenitud y gozo incomparables, y una sensación de descontexualización con lo que les rodeaba.

Durante estos episodios ‘místicos’ se activaron en sus cerebros las cortezas orbitofrontal, parietal y cingulada anterior, y los núcleos caudados del estriado.

Este patrón de activación se parece mucho a los registrados en mujeres enamoradas ante imágenes fotográficas de su amado… ¿Significa esto que los circuitos neuronales del ‘amor a Dios’ y el enamoramiento romántico son los mismos?


La espiritualidad y la auto-trascendencia (cuando sentimos que somos más que nuestro cuerpo físico, o que estamos desligados de él) pueden ser experimentadas tanto por personas creyentes como no creyentes: puedes sentirte unido a Dios o a la naturaleza, o sentir que tu cuerpo es un todo con el universo. Ambas parecen depender enormemente del funcionamiento del sistema serotoninérgico: se conoce bien que el alucinógeno LSD, que activa muchos receptores del neurotransmisor serotonina, puede provocar intensas experiencias espirituales.


Además, es posible que la espiritualidad dependa también de la estructura de la corteza cerebral: una investigación realizada recientemente aquí entre las universidades de Harvard y MIT ha descrito que algunos meditadores expertos tienen la corteza cerebral más gruesa de lo normal. Esto sugiere que podría existir una base anatómica que determinaría la propensión a que seamos más o menos espirituales. Así que es posible que nuestros genes tengan un papel más determinante de lo que pensamos en definir nuestra religiosidad.



Neuronas divinas en la corteza parietal


El estudio que se publicó el pasado febrero propone a la corteza parietal como una de estas bases anatómicas. En este trabajo, científicos de la Universidad de Udine (Italia) investigaron los sentimientos de auto-trascendencia y espiritualidad en pacientes con tumores cerebrales. Este trabajo se realizó con una metodología impecable y con mucha rigurosidad.


En el estudio participaron muchos pacientes, que fueron clasificados por tipo de tumor y por la localización del tumor: pacientes con tumores en la zona anterior del cerebro (cortezas frontal y temporal), o la posterior (cortezas occipital y parietal). Los resultados fueron clarísimos: los pacientes con tumores en la corteza parietal presentaban un nivel de religiosidad superior al resto. Es decir, una proporción más alta de estos pacientes se consideraron a sí mismos religiosos. Este efecto se acentuó después de la extirpación del tumor de forma casi inmediata, sugiriendo que es la disminución en la actividad neuronal de esta zona del cerebro lo que provoca el aumento de la religiosidad.


Es muy importante recalcar que los investigadores no detectaron que el nivel de religiosidad dependiera de la edad, la educación, el sexo, las capacidades cognitivas o el control de las emociones. En cambio, el aumento de la religiosidad dependió directamente de la malignidad del tumor y de la tasa de crecimiento en la corteza parietal posterior. Las localizaciones exactas que correlacionaron altamente con los niveles de religiosidad se ven en la figura de abajo.



Hasta ahora se pensaba que la corteza parietal posterior estaba encargada de representar las distintas partes de nuestro cuerpo como un todo. Por ejemplo, personas con lesiones en esta zona (por la presencia de tumores o por otras razones) tienen problemas para coordinar partes de su cuerpo en el espacio, o sienten que partes de su cuerpo no les pertenecen. Gracias a este estudio, sabemos que esta zona del cerebro tiene funciones más complejas. Después de los sorprendentes resultados del trabajo, sus investigadores proponen que la reducción de la actividad neuronal en la corteza parietal puede tener relación con las experiencias extracorporales que tienen muchas personas cuando viven una experiencia espiritual.


Existen otros estudios que describen a pacientes con demencia, epilepsia o trastornos de la personalidad (como la esquizofrenia) que han sufrido cambios en sus creencias religiosas. Son famosos los casos de epilepsia en el lóbulo temporal, que ha llevado al famoso Ramachandran a proponer que en el cerebro existen ‘módulos de Dios’, como ya se comentó en un post anterior.


En los últimos años ha habido un considerable aumento en el número de investigadores que estudian cómo el cerebro vive la religiosidad y la espiritualidad. Probablemente esto se debe a las mejoras en las técnicas de imagen del cerebro. Algunos de estos investigadores proclaman que forman parte del campo de la “Neurociencia Espiritual”, que pretende comprender la religiosidad, la espiritualidad y el misticismo desde un punto de vista neurobiológico. Los neurocientíficos ‘espirituales’ asumen que este tipo de experiencias están mediadas por el cerebro, pero dejan muy claro que no pretenden en ningún momento menospreciar el valor y el significado de las experiencias o las creencias religiosas. Es más, algunos de ellos no creen que el desvelar el sustrato neural de la espiritualidad desmienta o confirme la existencia de Dios.


Vicky Puig


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