martes, 30 de marzo de 2010

El empleo fantasma


Servanda Jacinto en su trabajo. (AP Photo / Mike Wintroath)

Si le preguntan a Cristina a qué ha dedicado el día en los últimos años dice que a “correr, correr y correr”, pero no participa en olimpiadas ni mundiales. Cristina Quimi es trabajadora del hogar. Hace nueve años que dejó Ecuador para probar suerte en España, en ese tiempo ha limpiado en casas, cuidado a niños y atendido a mayores. Todo lo que le ha salido. “Cuando no tienes papeles empiezas a trabajar en lo que puedes”, para venir a España había pedido varios créditos y tenía que pagarlos. “Al llegar estaba perdida. Lo primero que hice fue meterme a limpiar en una casa, me pagaban muy poco. Estuve tres años y unos meses, pedí que me hicieran un contrato de trabajo y me dijeron que no porque no iban a dar sus bienes a Hacienda”. A esa casa por la mañana, y a un bar al mediodía y por la noche donde limpió y cocinó sin contrato durante nueve meses bajo la promesa de que le estaban arreglando los papeles, no era verdad.

Como Cristina, el noventa por ciento de las trabajadoras del hogar son mujeres, y de ellas un 60 por ciento inmigrantes. “Es un empleo que la mujer autóctona ha ido dejando, muchas veces por los salarios bajos y por el poco prestigio social. Sin embargo, para la inmigrante sin papeles es una puerta a poder regularizarse, una entrada rápida al mercado” asegura Isabel Cava, responsable de Zaintza, un proyecto de Cáritas Vizcaya que atiende a estas trabajadoras, y que ha creado esta web para asesorarlas y ayudarlas a encontrar un trabajo digno.

En la Encuesta de Población Activa (EPA) 755.000 personas declaran que se dedican al servicio doméstico en España, pero solo 300.000 están dadas de alta en el Régimen Especial de Trabajadores del Hogar, la normativa que regula la situación de este sector y “uno de sus principales problemas”, según Cava. Esta legislación es un decreto del año 85 que no ofrece los mismos derechos que el Régimen General de la Seguridad Social. “Está totalmente obsoleto. No hay derecho al desempleo y el empleador no tiene la obligación de hacer un contrato por escrito ni de dar de alta en la seguridad social si la persona trabaja menos de 72 horas al mes, por lo que muchas veces son las propias trabajadoras las que no quieren darse de alta porque lo ven como algo innecesario. Además, la baja por enfermedad no se cobra hasta pasados los primeros 28 días, y en el caso de despido mientras, generalmente, debe anunciarse con 30 días de antelación, en el caso de las empleadas del servicio doméstico son solo siete”.


Una trabajadora doméstica acompaña a una mujer mayor. (Cáritas Vizcaya)

Su integración en el Régimen General de la Seguridad Social es un tema pendiente desde 2006 cuando patronal, sindicatos y Gobierno firmaron el acuerdo de pensiones [pdf] que quedó en papel mojado. Este año la mesa de diálogo social lo ha retomado. “De este sector se habla poco porque las tareas domésticas se entienden como tareas cotidianas que siempre ha hecho la mujer de manera invisible y no remunerada en la casa. Está cubriendo necesidades que no se cubren de otra manera pero de momento no ha habido interés para que esto cambie. Esperamos que esta vez haya decisión política”, afirma Cava.

La debilidad de la legislación genera informalidad en los acuerdos entre las trabajadoras y sus empleadores, a Cristina eso le pasó factura. “Yo tuve suerte, en dos de las cuatro casas en las que he trabajado porque me hicieron contrato y gracias a eso me dieron los papeles hace seis años, pero también se han aprovechado de mí haciéndome trabajar más horas de la cuenta o pagándome cuando querían”. Cristina cree que la situación de las inmigrantes es peor que la de las españolas. “Ellas suelen estar mejor pagadas porque conocen mejor que nosotras sus derechos. Para eso las extranjeras somos más ignorantes y más si no tienes papeles. Yo decía: si reclamo me denuncian y me mandan a mi país, donde estoy endeudada. Dependía del sueldo para mantener a mis hijos, que estaban lo dos en Ecuador, y pagar el piso aquí. No podía arriesgarme”.

La principal demanda de las mujeres inmigrantes cuando llegan a España es trabajar de internas. “No tienen casa y ni posibilidad de empadronarse, por eso prefieren un trabajo donde el alojamiento esté incluido” asegura Isabel Cava. Durante los tres años cuidó a un hombre mayor, Cristina pasó temporadas de dos meses cada años trabajando de interna y dice que no volverá a hacerlo. “Es muy duro, me pasaba el día con él sin poder moverme. Son muchas horas y no tienen relaciones sociales, tu vida se reduce a estar metida en casa. Además, por la noche también tienes que estar pendiente: levántate, haz esto lo otro. Al menos de externa sabes que cumples tu hora y te vas”.

Hoy, en el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar recuerdan que “limpian y cocinan como se hace en los bares, cuidan a personas mayores como las cuidan en las residencias, a y a los niños como en las guarderías, aunque no se les visibilice de esa manera” reclaman desde Zaintza. Visibilizarse es lo que hacen hoy y lo que hicieron el domingo cuando salieron a la calle a reclamar que sin ellas no se mueve el mundo.


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